Wednesday, 29 April 2020

¿Qué nos enseña el coronavirus sobre una gran potencia?


x Marc Vandepitte: Test de estrés a los EEUU y China

La pandemia del coronavirus es la crisis sanitaria más grave de la historia mundial reciente. La forma de abordarlo enseña mucho sobre un país, no sólo sobre su sistema de salud, sino también sobre cómo está organizado, cuáles son sus prioridades, lo efectivas que son sus políticas, etc. En otras palabras, Covid-19 es un serio test de estrés. Apliquemos este test a las dos superpotencias actuales: China y los EEUU

El enfoque de los EEUU

Primero las bolsas de valores, no la salud
A mediados de enero se diagnosticó al primer paciente de coronavirus en los EEUU Una semana antes el director del CDC (Centro de Control y Prevención de Enfermedades) había sido contactado por su colega chino sobre un brote extraño de neumonía. En aquel momento ya estaba claro que el virus adquiriría proporciones epidémicas en los EEUU si se propagaba. Los informes desde China y otros países asiáticos eran alarmantes.

Sin embargo, el gobierno de Washington no se tomó esta amenaza en serio. El 10 de febrero Trump anunció tranquilamente que el virus desaparecería por sí solo cuando subieran las temperaturas..

Recién cuando las bolsas de valores cayeron el 12 de marzo, los EEUU se despertaron. Varios estados prohibieron los eventos de masas, cerraron las escuelas o impusieron reglas de «distanciamiento social» (distancia de seguridad). En otros estados aún se permitían las reuniones masivas, como las vacaciones de primavera en Miami o eventos deportivos muy concurridos.

El 22 de marzo se declaró el confinamiento para un tercio de la población. En ese momento ya había más de 25.000 contaminaciones confirmadas. A modo de comparación, en China esto ocurrió después de 548 contaminaciones y en Bélgica después de 559 contaminaciones. En todo el período anterior al confinamiento, apenas se realizaron pruebas. A consecuencia de ello se perdieron valiosas semanas para rastrear y poner en cuarentena a las personas infectadas con el fin de cortar de raíz la epidemia.

¿Por qué esa lenta reacción?

Trump intentó hasta el último momento salvaguardar los intereses de los grandes grupos de capital, aunque fuera necesario a expensas de la prevención y la protección de la población. Por eso quiso posponer lo más que pudiera medidas como la «distancia de seguridad» y un confinamiento le parecía impensable. Se opuso con vehemencia a los gobernadores de los estados que habían tomado tales medidas. «No debemos tener una cura peor que el problema», decía Trump, proclamando en voz alta lo que muchos de la élite económica, incluso en su propio país, pensaban en voz baja. Dominic Cummings, el principal asesor de Boris Johnson, expresó esa opinión de una la manera más directa: «Hay que proteger la economía y si eso significa que algunos jubilados mueran, es una lástima».

Hay una segunda razón que explica la reacción lenta. Mediante recortes de presupuesto el gobierno de Trump ha reducido drásticamente, por no decir destruido, su capacidad para combatir epidemias en su país. Sin embargo, en 2014 Obama había advertido que una pandemia podría estallar al cabo de 5 a 10 años y que los EEUU tenían que prepararse para ello. Trump ignoró esa advertencia. En 2018 cerró el departamento que se ocupa de las pandemias dentro del Consejo de Seguridad Nacional. Además, redujo los recursos del CDC, el Centro que se ocupa de las epidemias en los EEUU. Justo unos meses antes del brote de la pandemia cerró el departamento del CDC en China, con lo que privó a los EEUU de información vital en el momento del brote. Pero incluso cuando la epidemia ya estaba en marcha, Trump siguió reduciendo los recursos del CDC aún más...

El fracaso del sistema de salud

Los EEUU gastan el 17 % de su PIB en atención médica, es un 50 % más de lo que gasta la mayoría de los países ricos y más del triple de China. Sin embargo, no estaban para nada preparados para esta epidemia. A principios de marzo el país apenas tenía el 1% de las mascarillas necesarias para combatir el virus. Cuando estalló la epidemia también hubo una desesperante escasez de respiradores, de tests e incluso de termómetros.

Pero el problema es más profundo. Es un problema estructural que no solamente se debe a la política de Trump. La atención médica en los EEUU ha sido completamente privatizada y es una verdadera medicina de dinero. Por un lado, los adinerados pueden permitirse un tratamiento excelente. Por otro lado, uno de cada cinco habitantes no tiene ni siquiera seguro médico o tiene uno muy malo. Los pobres reciben una atención de calidad inferior o ni siquiera pueden permitirse importantes intervenciones médicas. Como resultado de la coronacrisis, más de diez millones de personas ya están desempleadas. Automáticamente pierden su seguro médico.

Situaciones del tercer mundo

 Las consecuencias de este fracaso político son dramáticas. En el país más rico del mundo los funcionarios locales y los médicos compiten entre sí para conseguir mascarillas, respiradores e incluso termómetros. Debido a la escasez los hospitales pagan hasta 20 veces el precio normal por el equipo, si es que pueden conseguirlo.

En un país que gasta cientos de miles de millones de dólares al año en armamento, las enfermeras hacen mascarillas improvisadas con filtros de café y se ven obligadas a trabajar vestidas de bolsas de basura y ponchos. Hay una gran escasez de respiradores y de equipos de protección para el personal médico en ciertos hospitales, lo cual lleva a escenas apocalípticas en ciertos lugares. En Nueva York, han construido hospitales de campaña y ha enterrado en una fosa común a muchas personas muertas.

A diferencia de China, los EEUU no han logrado limitar la epidemia a una región. En este momento los EEUU están a la cabeza del mundo con más de 1.000.000 personas infectadas y más de 58.000 muertas. Trump declaró que «habrán hecho un buen trabajo» si pueden limitar el número de víctimas entre 100.000 y 200.000. Los epidemiólogos afirman que el número de muertes podría haber sido diez veces menor si el confinamiento hubiera comenzado dos semanas antes.

Para el país con la economía mayor y la tecnología médica más avanzada del mundo esto sólo se puede calificar de un fracaso total, tanto médico como social. El daño a la reputación es incalculable. Martin Wolf, economista en jefe del Financial Times, lo dice muy claro: "Los EEUU están perdiendo su reputación de competencia elemental".

El enfoque de China

Medidas drásticas


 Hasta donde sabemos, el virus se originó en la ciudad de Wuhan, una ciudad de 11 millones de habitantes. En la primera etapa las autoridades locales no sabían bien qué estaba pasando y subestimaron la gravedad. Un oftalmólogo que dio la alarma y luego murió de la enfermedad fue incluso reprendido. Fue algo doloroso y completamente equivocado. Su nombre se rehabilitó póstumamente y se despidió a los responsables locales.

Esa fue la fase inicial, cuando no se sabía nada todavía. Pero cuando se hizo evidente que se trataba de un virus nuevo y agresivo, el gobierno central de Pekín puso inmediatamente manos a la obra. El Covid-19 se identificó el 7 de enero. Todavía no había muertos en aquel momento. La primera muerte por coronavirus no se produjo hasta cuatro días después. El 20 de enero se clasificó el virus de infección grave que podría causar una epidemia. Tres días después se cerró la metrópoli de Wuhan así como otras 15 ciudades chinas un día después.

Ese confinamiento drástico fue la decisión correcta. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró tras una visita a China a principios de febrero: «El audaz enfoque de China para contener la rápida propagación de este nuevo virus ha cambiado el curso de una epidemia aceleradamente mortal».

Los grandes recursos


 Se utilizaron enorme recursos para mantener la cantidad de víctimas lo más baja posible. Se trasladó desde el resto del país a la provincia de Hubei, el epicentro de la epidemia, a 40.000 médicos y enfermeras. Unas 3.000 empresas de toda China, desde fabricantes de automóviles, empresas textiles hasta gigantes farmacéuticos, sintonizaron temporalmente su actividad comercial para fabricar mascarillas, ropa de protección, desinfectantes, termómetros y equipo médico. El gobierno chino aumentó significativamente la fabricación de mascarillas. El 2 de marzo China producía más de 200 millones de mascarillas al día, había multiplicado la producción por 20 en un mes.

Los médicos chinos utilizan las últimas tecnologías para detectar y tratar la enfermedad. Utilizan inteligencia artificial para obtener un diagnóstico más rápido y para cartografiar el curso de la epidemia más rápido y mejor, utilizan Big Data (el procesamiento de enormes cantidades de datos por «supercomputadoras»). Hay robots ayudando a descontaminar los hospitales.

Movilizar a la población


 La cooperación de la población es esencial para el éxito de una cuarentena. Bajo el lema «En la lucha contra el virus solo somos tan fuertes como nuestros eslabones más débiles», el gobierno chino dejó poco al azar. A través de lemas en grandes vallas publicitarias, altavoces en la calle, programas de radio y televisión, artículos de periódicos e innumerables vídeos en las redes sociales los chinos se concienciaron de los riesgos del virus y se les explicó la mejor manera de afrontarlos.

 Pero son principalmente los comités de barrio los que se aseguraron de que todo funcionara bien. Según un reportaje del NRC Handelsblad (diario financiero de Hollanda), en cualquier caso están haciendo un excelente trabajo en la contención de la epidemia. «Para el control de Covid-19 los miembros de los comités pueden considerarse como una verdadera bendición. Estos miembros llaman a la puerta sin avisar para comprobar si todas las personas que están dentro tienen derecho a estar allí. Conocen bien a la gente de barrio. Los comités forman parte de una especie de consejos de distrito. Les proveen de mascarillas, abrigos, carpas, termómetros y carteles».

Un médico de la OMS describe esta gran movilización social como una gran hazaña y un gran éxito. «Los chinos se movilizan como en una guerra. Realmente se veían a sí mismos en el frente para proteger al resto de China y al mundo». Los chinos lo ven como una «guerra de larga duración». Según Zhang Whenhong, uno de los más conocidos expertos chinos en epidemias, la gente del interior aún mantiene su distancia, sigue usando las mascarillas en público y sigue lavándose las manos regularmente.

Una catástrofe evitada

 
La epidemia estalló en la ciudad de Wuhan. China logró evitar que el virus se extendiera por todo el país. Eso habría sido una verdadera catástrofe. En la India, por ejemplo, se esperan posiblemente entre 1 y 2 millones de muertes por el coronavirus. En China, según las cifras oficiales, hay 4.636 muertes.

El periódico financiero Financial Times, que es todo menos pro-China, dice que puede que se haya registrado una cantidad inferior de personas infectadas y muertas en las primeras etapas, pero que "actualmente no hay pruebas convincentes de que se hayan ocultado o pasado por alto las personas contaminadas".

La cifra por habitante es comparable a la de países de la región, como Japón, Corea del Sur o Indonesia. Según el reputado instituto Science Daily, el enfoque chino previno unas 700.000 infecciones. La OMS describe el enfoque chino como "tal vez el control de enfermedades más ambicioso, flexible y agresivo de la historia".

Según Michael Ryan, el principal ejecutivo de la OMS, "la respuesta del gobierno chino a la epidemia fue enorme y el gobierno merece un gran aprecio por esa respuesta y la transparencia con que la trató". Otros países pueden sacar lecciones del enfoque chino, pero la prestigiosa revista médica The Lancet duda de que suceda: «Aunque otros países no tienen el enfoque chino de 'mando y control', hay importantes lecciones que los presidentes y primeros ministros pueden sacar de la experiencia china. Pero parece que esas lecciones no se sacaron».

Gráfico: Cantidad acumulada de muertes, por cantidad de días

La mejor defensa es un buen ataque

 
El contraste entre ambas superpotencias es grande. China logró controlar la epidemia con bastante rapidez y pudo limitar significativamente la cantidad de víctimas. Actualmente ofrece ayuda y asesoramiento a 120 países. El enfoque de Washington, por otra parte, es desastroso. Los EEUU van camino de tener una cantidad récord de muertes. Su imagen ha sufrido mucho.

Para desviar la atención de esa política desastrosa y canalizar la ira del público los creadores de la opinión pública y los políticos tienen a China en la mira. Trump inicialmente hablaba del "virus chino". Se difunden rumores de que el virus proviene de un laboratorio chino. Otro ataque frecuente está apuntado a las cifras oficiales de China. Y como el enfoque chino fue elogiado por la OMS, esa institución también está en el punto de mira, justo cuando el mundo necesita más que nunca a la OMS, Trump incluso quiere dejar de contribuir con dinero a esa organización.

En los EEUU esta estrategia ya parece funcionar. El 58 % de los ciudadanos estadounidenses responsabiliza a China del brote de la epidemia en su país, mientras que sólo el 42 % atribuye la responsabilidad a su propio gobierno.

Pero hay otra razón para los permanentes ataques a China. Los EEUU son una superpotencia en declive. China amenaza cada vez más su dominio en la tecnología, la industria del futuro y el armamento. Washington está haciendo todo lo posible para evitarlo y, por eso, está tratando de contrarrestar el ascenso económico y tecnológico de China. Al caracterizar a los chinos como los malos están preparando al público en general para una feroz guerra comercial o quién sabe si algo peor. Hoy en día, más del 80 % de los ciudadanos estadounidenses están a favor de una guerra comercial a gran escala con China.

Conclusiones del test de estrés


La prueba de estrés que aplicamos a ambos países nos permite sacar una serie de conclusiones.

Cualquiera que sea su opinión sobre China en otros ámbitos, cuando se trata de la lucha contra el coronavirus nadie puede ignorar el hecho de que el país fue capaz de hacer frente de forma eficiente una crisis médica muy grave. La sociedad china está estructurada de tal manera que el gobierno es capaz de desplegar enormes recursos muy rápidamente y también sabe involucrar a la población. La revista científica médica The Lancet afirma: "El éxito de China se basa en gran medida en un sistema gubernamental fuerte que se puede movilizar en tiempos de crisis, combinado con el consentimiento voluntario del pueblo chino para obedecer los estrictos procedimientos de salud pública".

Los EEUU es el país más rico del mundo. Con un PIB per cápita cuatro veces mayor que el de China se podría esperar que el país se enfrentara a la epidemia al menos tan bien como los chinos, pero vemos que ocurre lo contrario. En cualquier caso, el enfoque de EEUU deja claro que la salud pública no es una prioridad allí. En primer lugar de las prioridades está el máximo beneficio de los grandes grupos de capital y todo lo demás está subordinado a eso. El gobierno trabaja al servicio de esos grupos. En China es justo lo contrario. Allí los grandes actores económicos están bajo el control del gobierno.

Lo sorprendente es que para evitar una posible crisis económica el gobierno de los EEUU, al igual que en la crisis de 2008, está considerando medidas típicamente "socialistas": ordenar a las empresas que acumulen reservas estratégicas, inyectar cantidades enormes de dinero en la economía, la compra masiva de acciones de las empresas amenazadas (para evitar que sean adquiridas por el capital extranjero), incluso la nacionalización de sectores enteros. Según el Wallstreet Journal, las actuales medidas de estímulo son "el mayor paso hacia una economía de planificación centralizada que jamás han dado los EEUU". Laura, una estudiante de doctorado en Seattle, comenta: "No sé mucho de economía, pero una cosa está clara para mí: este es el momento de forzar cambios serios. Si el socialismo tiene que salvar cada diez años al capitalismo, está claro que no funciona, creo..."


Traducido del neerlandés por Sven Magnus

Tuesday, 28 April 2020

Inconscientes

 
Inconscientes
por Juan Torres López : Imaginen que una nave tripulada por seres procedentes de otra civilización inteligente (distinta a la nuestra, por lo tanto) se acerca a la Tierra para conocer su naturaleza y cómo vivimos sus habitantes.

Enseguida descubren que allí se ha propagado un virus que infecta a millones de personas y que produce docenas de miles de muertes, en casi todos los lugares y muchas más de las que registran las estadísticas a las que tienen acceso, gracias a su conocimiento y tecnología, muy superiores a los de la Tierra.

Para saber la situación más concreta, los efectos que realmente está teniendo la epidemia y las medidas que estos humanos llevan a cabo para paliarlos, deciden acudir a la más alta autoridad de la máxima potencia económica, militar, cultural y política de ese planeta, el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Justo cuando van a ponerse en contacto con él, se encuentra dando una rueda de prensa en la que propone inyectar desinfectante y luz en el cuerpo de las personas afectadas como forma de acabar con él. Incrédulos, los visitantes deciden, entonces, recurrir a otras fuentes de conocimiento.

Comprueban más tarde que, al principio de la epidemia, todos los líderes y gobiernos de planeta le había quitado importancia pero que ahora todos sin ninguna excepción la contemplan con sofoco y la consideran de gran peligro. Ya saben que se trata de un mal global, cuya expansión no es posible detener mediante fronteras físicas y que se requeriría una actuación así mismo global para poder hacerle frente con algún éxito, por ejemplo, compartiendo recursos sanitarios, investigando en equipo la obtención de vacunas o poniendo a disposición unos de otros el conocimiento y los medios materiales, personales o económicos necesarios para evitar una catástrofe.

Los visitantes, sin embargo, comprueban que no se ha producido ningún tipo de encuentro global porque las instituciones en donde solían sentarse todos los países del planeta sin excepción, como las Naciones Unidas, hace tiempo que están devaluadas y apenas tienen influencia en las decisiones de los países más poderosos. Es más, el presidente de la gran potencia mundial había decidido que su país (el más rico del planeta) dejase de contribuir y colaborar, precisamente en ese momento,  con su oficina dedicada a combatir este tipo de desastres sanitarios, la Organización Mundial de la Salud.

Los visitantes extraterrestres no pueden explicarse la actuación de los humanos de la Tierra en materia de prevención vírica. Los científicos de ese planeta saben que allí hay más de 300.000 virus que podrían producir un efecto parecido o peor que el Covid-19 y, a pesar de ello, sus gobiernos siguen dejando el descubrimiento de vacunas y remedios en manos de laboratorios privados, los cuales, lógicamente sólo tratarán de descubrir aquello que resulte rentable a sus propios negocios y no al interés general. La situación de desarme sanitario les parece tan increíble como absurda. No pueden entender que Estados Unidos dedique casi 600.000 millones de euros a gasto militar y luego resulte que el 80 % de las medicinas que se consumen en su interior provengan de China, que se supone que es uno de los adversarios que justifican semejante dispendio militar.

Los visitantes se sorprenden especialmente de esta falta de colaboración global cuando se dan cuenta de que las cadenas globales de suministro de alimentos están cediendo, algo que ha puesto de relieve, entre otros muchos investigadores, un economista al servicio de la FAO, la oficina de las Naciones Unidas dedicada a los problemas de la alimentación, en un artículo aparecido en la revista Nature. Allí se señalan algunos ejemplos de lo que, en realidad, está pasando en todo el país: «En India, los agricultores están alimentando con fresas a las vacas porque no pueden transportar la fruta a los mercados de las ciudades. En Perú, los productores están vertiendo toneladas de cacao blanco en el vertedero porque los restaurantes y hoteles que normalmente lo comprarían están cerrados. Y en los Estados Unidos y Canadá, los agricultores tuvieron que tirar la leche por la misma razón. Legiones de trabajadores migrantes de Europa del Este y África del Norte están atrapados en las fronteras, en lugar de cosechar en las granjas de Francia, Alemania e Italia. Estados Unidos, Canadá y Australia dependen en gran medida de los trabajadores agrícolas temporales que no pueden viajar debido a restricciones de virus». Y también se advierte en ese artículo de que el miedo a la pandemia ha producido «reacciones en cadena caóticas» muy peligrosas que ya han hecho subir los precios de productos básicos para la alimentación humana, como el trigo (8 % en comparación con los de marzo del año pasado) o el arroz (25 %).

Esa información hace que los visitantes se interesen por el hambre y descubren también que afecta a 821 millones de personas, a pesar de que sólo con los productos alimenticios que se desperdician en todo el planeta se podría alimentar a 1.260 millones de seres humanos todos los años. Cuando analizan la forma en que los humanos de la Tierra organizan la producción y el consumo de los productos básicos que necesitan, los visitantes se sorprenden sobremanera del gran daño que provocan sobre su medio ambiente natural y, a su vez, del coste tan enorme que esto lleva consigo, tanto en dinero como en vidas humanas.

Así, la contaminación del aire mata a siete millones de personas cada año y los desastres naturales causados por el clima a unas 600.000. El 40 % de la población mundial ya tiene problemas con la escasez de agua y todos los años mueren 2,2 millones de personas por simples diarreas. Como consecuencia en gran parte del modo de vida existente en la Tierra, el nivel del mar ha subido el doble de lo previsto en los últimos 25 años, un tercio de las especies marinas están en riesgo por el cambio climático, las capas de hielo que cubren la superficie terrestre se están descongelando un 20 % más de lo previsto por los científicos y la del Ártico se ha reducido en un 40 % en los últimos 35 años. La deforestación (que produce la quinta parte de las emisiones de CO2 que destruyen la Tierra) avanza a un ritmo de 13 millones de hectáreas cada año (casi la cuarta parte de España). Al ritmo en que se produce y consume en el planeta que van a visitar, en 2050 vivirán en tierras desertificadas unos 4.000 millones de personas y la resistencia a los antibióticos, provocada entre otras causas por los contaminantes vertidos en el agua y en los alimentos, será la primera causa de muerte en el mundo ese año.

A los visitantes les confunde la forma económica tan extraña con que los habitantes de la Tierra hacen frente a estos problemas pues se calcula que podrían evitarse con 19,5 billones de euros, mientras que el coste de soportarlos supone 47 billones. Y también les resulta incomprensible que los actuales habitantes de la Tierra no tengan en cuenta que después de los que viven ahora allí tendrán que venir otras generaciones futuras, sus hijos, nietos y biznietos, cuyo bienestar y forma de vida no parece preocuparles. Aunque igualmente les sorprende el escaso cuidado que tienen con los niños pues, como señalaba el informe Acción humanitaria para la infancia 2019 de UNICEF que han consultado, «la infancia sufre la mayor amenaza para su desarrollo en los últimos 30 años». Algo que también produce perplejidad a los alienígenas, porque en ese informe se indica que sólo harían falta 3.500 millones dólares para conseguir que todos los menores del planeta tuvieran cubiertas sus necesidades básicas, más o menos los presupuestos de los 20 o 25 equipos de fútbol europeos con mayor presupuesto.

Las cuestiones económicas asociadas con la propagación del virus llaman extraordinariamente la atención de los visitantes. En concreto, que tampoco en este campo haya habido una respuesta global a los cientos de millones de desempleos que va a producir, ni a la pérdida de las miles de empresas que proporcionan los suministros básicos para la población. Les sorprende también la imprevisión ante la gigantesca crisis de deuda que inevitablemente se producirá una vez que se salga de la crisis actual. Aunque nada les produce tanto estupor como el hecho de que en la Tierra se dediquen casi 125 veces más recursos a realizar apuestas en una especie de casinos financieros, para estos visitantes completamente desconocidos y cuya lógica apenas entienden, que para las actividades directamente encaminadas a satisfacer sus necesidades reales. Unos casinos a cuyo mantenimiento se dedica más atención en la Tierra que al cuidado y a la vida de los seres vivos.

Los visitantes, en fin, tampoco pueden entender que en el planeta que desde las profundidades del espacio se muestra con una belleza formidable sea, en realidad, un infierno innecesario para una parte tan grande de sus pobladores. Y no pueden explicarse cómo, a pesar de la existencia de tantos dioses e iglesias que pregonan la bondad y el amor por todas sus esquinas, haya tantos conflictos armados, un ambiente tan extendido de odio y revanchismo y un sentido tan escaso de la solidaridad y de la cooperación mutua.

Más que nada, en el informe que realizarán de sus descubrimientos sobre el planeta Tierra, destacarán la falta de conciencia de sus pobladores sobre su propia existencia y sobre el hecho de que conforman una civilización que se encuentra en peligro real y cercano de extinción como consecuencia de sus decisiones decisiones.

Ya de vuelta, uno de los alienígenas señaló en su tableta orgánica una de las páginas de Pensamientos despeinados, un librito de Stanislaw J. Lec que había escaneado como recuerdo en la biblioteca de unos pueblos que habían visitado.

– Aquí está lo que les pasa a estos humanos, dijo: es un planeta que «tiene la conciencia limpia; no la ha usado nunca».

Juan Torres López es Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla. Dedicado al análisis y divulgación de la realidad económica, en los últimos años ha publicado alrededor de un millar de artículos de opinión y numerosos libros que se han convertido en éxitos editoriales. Los dos últimos, ‘Economía para no dejarse engañar por los economistas’ y ‘La Renta Básica. ¿Qué es, cuántos tipos hay, cómo se financia y qué efectos tiene?’